Si tú estás mal, yo no estoy bien / Jimmy Vásquez

16 feb 2015

Niño tirándose a una piscina natural Fotografía: Julio Díaz. PNUD El Salvador

La publicación de La pobreza en El Salvador desde la mirada de sus protagonistas marca una nueva historia. Esta afirmación parece aventurada, pero permítanme explicar por qué la hago.

En la oficina de PNUD en El Salvador hemos estado por años investigando cómo se comporta la pobreza en el país, analizando la robustez de las mediciones y dando opciones de cómo arribar a un dato más fiable y a la vez útil para la sociedad. Nuestro trabajo ha sido orientado por el deseo de tener un mejor país, por lograr un país con desarrollo humano alto, como decimos los que trabajamos orientados por dicho paradigma.

A pesar de esto, nos hemos enfocado más en contabilizar la pobreza que en entender lo que significa vivir en pobreza. Se nos dificulta muchísimo ponernos en los zapatos de personas que viven con múltiples privaciones. Hacer un esfuerzo por situarnos en la piel de las personas que viven en pobreza es algo que necesitamos hacer no solo los analistas, sino toda la humanidad. ¿Por qué?

Porque aunque podemos medir mejor la pobreza, eso no es suficiente. El caldo de cultivo de la pobreza no es la metodología con la que se le mide. Tampoco es el número al que se llega. ¡No! El caldo de cultivo de la pobreza es nuestra indiferencia.

Elie Wiesel, en su magnífico discurso “Los peligros de la indiferencia”, ya nos advertía sobre cómo ésta, junto a la falta de acción, se convierten en los aliados de la maldad. Yo añadiría: en aliados para perpetuar la pobreza. Wiesel advierte que en el mundo de hoy es más fácil ver hacia otro lado para evadir las interrupciones a nuestros propios sueños y aspiraciones, para no ver las preocupaciones de otros. Es incómodo involucrarse en el dolor y desesperación de otras personas. Para quien es indiferente, las vidas de sus vecinos no tienen ninguna consecuencia. Sus vidas no tienen ningún sentido. Su angustia, oculta o visible, simplemente no importa.

La indiferencia reduce a la otra persona a una mera abstracción. La indiferencia no provoca respuesta. La indiferencia no es una respuesta. La indiferencia no es un principio, es un fin. La indiferencia a la pobreza exilia a las personas en pobreza de la memoria humana. Y, como señalaba Wiesel, al negar la humanidad del otro, nos traicionamos a nosotros mismos.

Porque, en definitiva, como humanos que somos todos, tenemos aspiraciones y necesidades comunes. ¿Quién puede negar que todos tenemos en común la necesidad de un lugar dónde abrigarse (vivienda), de procurarse lo necesario para satisfacer las necesidades alimenticias (alimentación), de tener un medio que permita sentirse útiles, productivos y realizados (trabajo), de espacios donde jugar y recrearse (diversión), de disponer de un adecuado bienestar físico y mental (salud), de sentir certeza y libertad de no ser sujeto de violencia (seguridad), de tener el acceso al mundo de los conocimientos (educación), y de tener suficientes recursos económicos que faciliten el intercambio de bienes y servicios para satisfacer adecuadamente las distintas necesidades (ingreso)? ¿Quién sería tan obtuso de negar esto? Dicho así, en el papel, nadie. En la vida cotidiana, con actitudes y comportamientos, muchos.

Pero no todo es gris. La verdad es que aún hay seres humanos sensibles a esta tragedia llamada pobreza. Hay seres humanos que están interviniendo, desde su diario vivir, siendo menos indiferentes y más humanos. Gente que cree que es posible no solo erradicar la pobreza, sino prevenirla. Gente que ha roto con el temor a involucrarse en las preocupaciones de otros. Gente que cree firmemente que nuestras sociedades, por más riqueza que acumulen y por más crecimiento económico que generen, necesitan adoptar una versión más humana del desarrollo, más simple que la de todos los modelos que estudiamos desde las ciencias sociales y económicas, pero con el potencial de marcar una nueva historia en nuestras sociedades. Sencillamente: si tú estás mal, yo no estoy bien.

Creemos que la lectura de La pobreza en El Salvador desde la mirada de sus protagonistas impulsará este contagio afectivo, esa nueva manera de vernos y tratarnos en la sociedad, pero también de salir de nuestro confort ante la precariedad en que viven otros, para preguntarnos ¿qué puedo hacer yo para cambiar esta realidad?

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