La juventud salvadoreña: del miedo a la esperanza/ Stefano Pettinato

11 may 2015

Jovencita estudiando Fotografía PNUD/ Julio Díaz

El Salvador es un país de 21,000 kilómetros cuadrados, habitado por un poco más de 6 millones de habitantes.  Este pequeño territorio tiene uno de los más altos índice de violencia del mundo, lo que obliga a las autoridades a movilizar grandes cantidades de recursos en planes y programas de prevención, reinserción, control del delito y atención a las víctimas.

Miles de salvadoreños conviven día a día en medio de esta circunstancia extrema, pero sabemos poco todavía sobre cómo la inseguridad les afecta en la intimidad de sus vidas.

PNUD El Salvador quiso indagar acerca de cómo viven las juventudes salvadoreñas en un entorno tan violento. Estas vivencias se recogen en el libro Entre esperanzas y miedo: la juventud y la violencia en El Salvador, publicado con el apoyo del Fondo Fiduciario PNUD-España.

En esta publicación dejamos de lado por un momento las estadísticas y los promedios para que se escuchen con más fuerza las voces de las y los jóvenes, que sortean las dificultades de volverse adultos en uno de los países más violentos del mundo.  En estas páginas se habla de ese millón setecientos cincuenta y siete mil personas salvadoreñas de  entre 15 y 29 años (1), que representan el 28% de la población. Si bien no se recogen las voces de toda la diversidad de jóvenes, pero sí de una mayoría que a pesar de los riesgos y de compartir espacio con otros y otras que han optado por delinquir, lucha cada día por mantener su integridad física y moral.

Esta investigación se realizó a partir de grupos focales y entrevistas en profundidad que nos permitieron escuchar a jóvenes que viven en los municipios más violentos del país. También se realizaron consultas focalizadas con personas líderes, policías y docentes que viven o trabajan en esas zonas geográficas, para rescatar la visión que la sociedad tiene de la juventud. 

El libro es una llamada de atención para la sociedad salvadoreña sumida en la urgente necesidad de enfrentar el problema de violencia, en particular el flagelo de las pandillas, que ha invisibilizado una de las más peligrosas consecuencias humanas detrás del fenómeno: la juventud salvadoreña se siente atrapada entre esperanzas y miedo.

El miedo de las y los jóvenes proviene de la posibilidad real que tienen de convertirse en víctimas de la violencia, en particular de la violencia homicida que cobra la vida de cientos de ellas y ellos cada año. Por otro lado, la juventud ve como se cierran los espacios físicos para ser y hacer sus proyectos de vida;  en muchos municipios, los parques, las canchas deportivas y las calles son espacios de riesgo que con frecuencia están tomados por la violencia.  

Adicionalmente, la juventud se siente atrapada por el estigma que se ha construido alrededor de ella, debido a que la mayoría de personas que están en pandillas son también jóvenes. El lugar donde viven, la ropa que usan, la manera en que caminan, todo es fuente de desconfianza. La sociedad ha comenzado a temerles y, además de lidiar con las consecuencias directas de la violencia, deben cargar con los estigmas que limitan sus ya escasas oportunidades educativas y laborales. 

Miles de personas jóvenes que no creen en la violencia ni quieren sumarse a la delincuencia, se sienten cada vez menos integradas a la sociedad y menos validadas como ciudadanas, lo que reduce su interés por fortalecer el tejido social.

Sin embargo, también hay muchas razones para la esperanza. Estas radican principalmente en la fortaleza de la juventud salvadoreña, en la resiliencia que muestra al ser capaz de sobreponerse sobre el desaliento y la muerte que les rodea. 

Como escribe Roberto Valent, Coordinador Residente de la ONU en El Salvador, en su presentación del libro: “cuando una vasija se rompe lo que debe hacerse es buscar las piezas más grandes, las que están intactas, y en torno a ellas comenzar el complicado trabajo de pegar las demás partes”. En El Salvador, una de esas piezas fuertes es su juventud. 

A partir de la reflexión plasmada en el libro, se pueden señalar algunos elementos  para construir propuestas más profundas de políticas públicas en torno a la juventud.

En primer lugar, la juventud salvadoreña que cree que la violencia no es el camino a seguir es mayoritaria en el país. Es fundamental tenerlo presente a la hora de canalizar los recursos, de diseñar los proyectos y en general las políticas, para que estas y estos jóvenes que creen en un futuro mejor sean sujetos de oportunidades reales que refuercen su decisión.

En segundo lugar, la juventud es una etapa de la vida que tiene debilidades y fortalezas. Es en las fortalezas de este grupo donde se fundamenta la esperanza de la sociedad salvadoreña, cuyo principal desafío es  cohesionarse y fortalecer su tejido social.

En tercer lugar, las y los jóvenes salvadoreños han sido claros en decirnos lo que necesitan: educación de calidad, que les abra las  puertas a un mejor futuro, y un trabajo que les permita construirlo. 

Finalmente, el problema pandilleril es uno de los flagelos más grandes que vive la sociedad salvadoreña pero lejos de amedrentarse o rendirse, muchas y muchos jóvenes han decidido sortear los obstáculos para que la vida y la libertad se impongan al temor y a la muerte.

Todas las voces que expresan sus puntos de vista en esta nueva publicación son coherentes con las acciones de política pública que impulsarían el desarrollo humano. Aunque en la práctica no son demandas fáciles de satisfacer, vale la pena apostar a darle una respuesta concreta y coherente a esta juventud que ha dicho y ha demostrado que quiere dejar el miedo y abrazar la esperanza, que tiene la fuerza para salir adelante y que quiere construir el país que soñamos.  

 

(1) Definición etaria de juventud según la ley Nacional de Juventud de El Salvador.

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