(Columna de opinión publicada originalmente en el periódico La Prensa Gráfica, el 22 de marzo de 2022).

¿Tienes un chorro en casa? ¿Disponibilidad de agua potable? Si la respuesta es sí, tienes suerte. De los casi 8 mil millones de personas en el mundo, 2,200 millones viven sin acceso a agua potable; es decir, una de cada tres personas no tiene acceso a agua salubre y dos de cada cinco, no disponen de una instalación básica destinada a lavarse las manos con agua y jabón.  

Esa realidad es algo a reflexionar en el Día Mundial del Agua, que se conmemora cada 22 de marzo. El acceso a agua y saneamiento es uno de los indicadores más importantes de pobreza multidimensional. De la disponibilidad, calidad y equidad en el acceso al agua depende la posibilidad de las personas de alcanzar el desarrollo humano. La privación a este recurso limita la expansión de capacidades y deja atrás a las personas más vulnerables.

El reporte especial “Desarrollo Humano en El Bicentenario”, publicado en enero 2022 por el PNUD El Salvador, señala que el desabastecimiento de agua altera las trayectorias educativas y las dinámicas de los hogares y aumenta la carga de trabajo doméstico de las mujeres. En 2017, de 213 mil 860 personas de 12 años o más que reportaron dedicar tiempo para acarrear agua en el país, 56.4% eran mujeres; y la desagregación por edad mostró que 1 de cada 4 eran niños, niñas y adolescentes de entre 12 y 17 años (DIGESTYC, 2017).

La forma en que administremos el agua tendrá repercusiones en las siguientes generaciones. El agua debe ser abordada desde una óptica intergeneracional y también desde una mirada multidimensional, pues se trata de un derecho humano, un recurso natural y productivo.  

El agua es el recurso más transversal en la Agenda 2030 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y es determinante para la reducción de la pobreza, el crecimiento económico y la sostenibilidad ambiental.

En Centroamérica, los informes de cambio climático identifican como potenciales efectos futuros más sensibles el aumento de la temperatura media anual, cambios en los niveles de precipitación y el número de días secos consecutivos, y aumento del nivel del mar (IPCC, 2021). Una combinación que puede conllevar a la disminución en la disponibilidad de agua a escala nacional y una tendencia a que desaparezca una clara temporada seca y otra de lluvia.

La reducción en la disponibilidad podría agravar problemas asociados a la gestión y distribución del recurso hídrico para el uso y consumo humano, lo cual es crítico frente a las crecientes demandas derivadas del crecimiento poblacional y de los usos en los distintos sectores económicos.  Además, podría impactar en el aumento de las desigualdades económicas y sociales.

El Salvador ha dado importantes pasos para enfrentar los desafíos en torno al agua. La recién aprobada Ley General de Recursos Hídricos es un primer paso relevante en ese camino, así como el Plan Trifinio, lanzado el pasado viernes, es otro ejemplo de paso positivo hacia una protección de las fuentes de agua del país.

Es importante seguir atendiendo las brechas en el acceso: 19.6 % de los hogares carece de agua potable domiciliar o cuenta con el servicio, pero no lo recibe por más de un mes seguido (DIGESTYC, 2020). En la zona rural, la situación es más precaria, ya que el 33.3 % de familias no dispone de esta opción, en contraste con el 11.5 % en las áreas urbanas (DIGESTYC, 2020).

La calidad del agua es también un desafío relevante, ya que, según el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, el porcentaje de ríos de buena calidad para el consumo humano ha disminuido de forma acelerada. En 2020, solo 8 % de los ríos se clasificó como de buena calidad, mientras el 42 % se clasificó como de pésima o mala (SNET, 2021). Para revertir esa situación, es importante una inversión inmediata y masiva en saneamiento básico.

Sin duda, avanzar en el desarrollo sostenible implicará transformar nuestra relación con el agua para que ese recurso pueda ser accesible a todos y todas. Para eso, necesitamos ir más allá del crecimiento económico y la generación de riqueza, y apostar por un modelo de desarrollo sostenible inclusivo y resiliente, pues cada gota cuenta.

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